¿Por qué le tenemos miedo a quienes deberían protegernos?
Hace unos días venía conduciendo por las calles de Cancún junto a mi esposa. Era una tarde cualquiera, de esas en las que el tráfico avanza lentamente y la conversación surge sin mayor intención que hacer más ameno el trayecto.
En un momento, una unidad de la Guardia Nacional pasó junto a nosotros.
Sin pensarlo demasiado, le hice una pregunta a mi esposa:
—¿Por qué los mexicanos, o al menos muchos de nosotros, le tenemos miedo a la autoridad?
No me refería a los delincuentes. Me refería a la policía, a los retenes, a esos momentos en los que una patrulla se coloca detrás de nuestro vehículo o cuando un agente de tránsito nos hace una señal para detenernos.
Su respuesta fue inmediata.
—Porque son malos.
La respuesta me sorprendió.
—Pero la policía no se supone que sea mala —le respondí—. Se supone que están para cuidarnos.
Ella me miró como quien responde algo evidente.
—Los que tenemos ahora son malos. Dan miedo porque nos va peor con ellos.
Quise profundizar un poco más.
—Entonces, ¿tu percepción es que son los malos de la historia?
—Sí. Me dan miedo porque siempre abusan de las personas. No ayudan.
La conversación continuó unos minutos más hasta que llegamos a una pregunta que me pareció inevitable.
—Entonces, ¿quién podrá ayudarnos?
Y sin perder un segundo respondió:
—El Chapulín Colorado.
Ambos nos reímos.
Sin embargo, mientras seguíamos nuestro camino, aquella respuesta quedó dando vueltas en mi cabeza.
El miedo que no debería existir
En teoría, la autoridad existe para brindar seguridad.
Desde pequeños aprendemos que los policías, soldados y cuerpos de emergencia están para proteger a la ciudadanía, hacer cumplir la ley y brindar apoyo cuando las cosas salen mal.
Sin embargo, para muchas personas la realidad es distinta.
Cuando una patrulla se acerca, algunos sienten tranquilidad.
Otros sienten nerviosismo.
Y ese simple hecho debería hacernos reflexionar.
¿Por qué una persona honesta, que no ha cometido ningún delito, siente ansiedad cuando es detenida para una revisión?
La respuesta probablemente no sea jurídica, sino social.
La confianza se construye con experiencias.
Cuando las historias de abuso, corrupción o arbitrariedad se vuelven frecuentes, la percepción colectiva cambia. La autoridad deja de ser vista como un aliado y comienza a ser percibida como una amenaza potencial.
El humor como refugio nacional
Lo más interesante de aquella conversación no fue el miedo.
Fue la respuesta final.
“El Chapulín Colorado”.
Un personaje ficticio.
Un héroe torpe.
Un hombre común que siempre llegaba tarde, cometía errores y tenía herramientas absurdas para resolver problemas imposibles.
Y aun así, millones de personas crecimos confiando en él.
¿Por qué?
Porque representaba algo que muchas veces sentimos ausente en la realidad: la intención genuina de ayudar.
Quizá por eso el personaje sigue vivo décadas después de su creación.
Porque más allá de la comedia, representaba la esperanza de que alguien apareciera cuando las cosas iban mal.
La risa como mecanismo de supervivencia
Los mexicanos tenemos una relación peculiar con los problemas.
Hacemos chistes sobre la política.
Hacemos memes sobre la economía.
Nos burlamos de nuestras desgracias.
Incluso encontramos humor en situaciones que para otros países serían temas exclusivamente serios.
Algunos interpretan esto como indiferencia.
Yo creo que es exactamente lo contrario.
El humor es nuestra forma de resistir.
Es la manera en que una sociedad enfrenta aquello que no puede resolver de inmediato.
La risa no elimina los problemas, pero nos permite convivir con ellos sin perder la esperanza.
Una pregunta que sigue abierta
Aquella conversación terminó hace días.
Sin embargo, la pregunta sigue rondando en mi cabeza.
¿Qué tendría que ocurrir para que los ciudadanos vieran nuevamente a la autoridad como un aliado y no como una amenaza?
No tengo la respuesta.
Pero quizá el primer paso sea reconocer que el problema existe.
Porque cuando una persona confía más en un héroe de televisión que en las instituciones que deberían protegerla, no estamos frente a un problema de percepción.
Estamos frente a un desafío de confianza.
Y la confianza, una vez perdida, es una de las cosas más difíciles de recuperar.
Mientras tanto, muchos seguiremos sonriendo cuando escuchamos aquella frase inmortal:
“¿Y ahora quién podrá ayudarnos?”
Porque, aunque sea en broma, una parte de nosotros sigue esperando escuchar:
“¡Yo!”




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